Llego un poco pronto, lo sé, pero es algo que acostumbro a hacer siempre de
forma deliberada. Cuando acudo a una cita me gusta tener un poco de margen de
tiempo, porque así sé que podré disponer de unos minutos para llegar sin prisas
y afrontar la situación con tranquilidad. Así es que, en muchas ocasiones, por
no decir todas, soy la primera en llegar.
Camino con calma, sintiendo el incipiente calor del sol que asoma entre las
nubes ligeras, mientras busco con la mirada el lugar en el que hemos quedado en
vernos. No puedo evitar pensar qué distinto parece un sitio en función de lo
que en él vivamos. He pasado docenas de veces por este mismo camino, y, a
diferencia de otros días, hoy me resulta más amplio y luminoso que de
costumbre.
Escojo para sentarme un banco de madera que en este momento está vacío,
estratégicamente situado junto a un sauce llorón de grandes brazos. Por un
momento me fijo en sus largas ramas adornadas por hojas de verde claro, que acarician
el suelo del paseo con movimientos suaves y pausados, recordando la cadencia de
las olas del mar. Incluso el sonido que produce el roce parece sugerir calma, equilibrio…
todo lo que ahora necesito mientras estoy a solas conmigo misma.
Vuelvo la mirada hacia mi derecha, esperando encontrar tu cara entre la
gente que viene y va por el paseo de curvas ondulantes. Escruto entre ellas
buscando tus ojos, tu sonrisa, algún detalle que te personalice entre el mundo
que me rodea y me acompaña por un momento que se me antoja eterno. No lo veo,
todos me resultan ajenos, indiferentes, y regreso a mis pensamientos, nerviosos
y circulares mientras no estás a mi lado.
Corrijo con un par de movimientos precisos el pelo que me ha revuelto la
brisa de la primavera, que insinúa su presencia ante un invierno que insiste en
quedarse, y después mis manos siguen el resto de mi indumentaria, verificando
que todos los detalles estén en orden.
En esas situaciones acude siempre una frase a mi mente … “Si no estás a gusto contigo mismo, no
puedes esperar que nadie esté a gusto a tu lado”.
Y sé que es cierto, que tiene su lógica. Por eso intento siempre seguir esa
filosofía, procurar a los demás lo mismo que a mí me gustaría obtener de ellos:
un momento agradable en sus vidas, en el instante que compartan conmigo. Así que
respiro hondo, y me imagino el momento en el que te sientes a mi lado y se
inicie nuestra conversación.
Sé que, de pronto, todo será fácil. Tan fácil como parece el truco en el
que el prestidigitador agita su varita sobre la chistera y, con un movimiento
sutil y lleno de gracia, hace aparecer sobre ella una profusión de mariposas,
pañuelos e ilusión. Bastará con que encuentre tu mirada para que se desvanezcan
todos mis pensamientos actuales, y en su lugar, surja la magia del momento.
Sé también que será un momento en el que nada más exista en el mundo
exterior. Que no importará ni el espacio ni el tiempo, ni la vida cotidiana, ni
la tediosa rutina del día a día. Será una hermosa burbuja de cristal, delicada
y sonrosada, que flota en el universo de las cosas hermosas, mientras el resto
de la gente vive, pelea, disfruta o sufre, pregunta o esconde… lejos de
nosotros. Lejos del sueño que comparto contigo, conmigo.
Sin darme cuenta, mis labios se curvan en una sonrisa que refleja mis
pensamientos.
-
¿Llevas mucho
tiempo esperándome?
Tu voz me sobresalta, haciéndome emerger de mi imaginación. En la orilla de
la realidad, encuentro tu mirada y tu sonrisa, y en un acto reflejo, yo también
sonrío.
-
Toda mi vida.
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