Es difícil encontrar tu lugar en la vida. Sí, muy difícil.
Ése que te pertenece por derecho propio, que es sólo tuyo, y en el que te
sentirás tan a gusto como en tu propia piel.
Desde que puedo recordar, mi mayor afán ha sido encontrar mi sitio. Siempre
he imaginado que ese lugar sería como entrar a un círculo de luz dibujado en el
centro del escenario de un teatro, tomar aire y después representar el papel
que te corresponde.
Pero con el paso del tiempo, y para mi infortunio, he descubierto que no es
así. No… no es un sitio marcado con símbolos pintados en el suelo, como en la
sala de espera del DNI o en las colas de los bancos, pese a que el mensaje de
éstos “Espere su turno”, sea
sumamente inspirador.
Esperar, puede que ésa sea la clave. Esperar y nunca dejar de intentarlo,
aunque a veces el viaje pueda resultar desalentador.
Camino por las calles, de vuelta a casa como cada día. En mi firme
propósito por vivir el presente sin perder de vista la línea del horizonte,
intento aprehender en mi memoria, por pequeño que sea, cada detalle que
registran mis ojos. Observo con cierta curiosidad los gestos de las personas
que cruzan a mi lado en el paso de peatones, la paciencia de quien espera que
llegue su autobús sentado en la parada, el inocente ensayo de primavera de
algún árbol de tiernas ramas sonrosadas que ha florecido con la intención de
sobrevivir a las despiadadas heladas del invierno… Todos viven su existencia de
la mejor forma posible, empeñados en ocupar el lugar que les corresponde en el
mundo. Como lo intentamos todos, con más o menos fortuna, me digo a mí misma.
Mi mirada asciende hacia las ventanas de las casas, recubiertas de un resplandor
plateado. De entre todas ellas destaca un balcón, en el que un hombre contempla
la calle asomando sólo medio cuerpo, mientras sujeta la puerta de cristal con
una mano, como si no se atreviera a exponerse del todo a la temperatura
exterior. Curioso simbolismo, pienso, moviendo la cabeza. Buscamos, avanzamos,
exploramos… pero no siempre aceptamos riesgos que no podamos controlar.
¿Eso es temor infundado?
¿Quizá prudencia?
Instinto de conservación, me respondo mentalmente, mientras mis pasos me
llevan calle abajo. Entretanto, el hombre del balcón se retira de su puesto y
vuelve a cerrar la puerta, cubriendo su sombra al correr el visillo con la
mano. Un gesto que sirve de transición a mis pensamientos.
Cada nueva imagen en mi trayecto me trae a la mente una nueva reflexión.
Carteles en las paredes que parecen conformar un empapelado urbano que muda
de piel con el paso del tiempo… “Excursión
a las Rías Baixas”, “Se hacen portes”, “Se vende apartamento próximo a la
estación de tren” …
Cada uno de ellos proyecta con sus mensajes una cierta sensación de provisionalidad,
de situaciones que caducan, que mutan, que necesariamente van a cambiar. Su
existencia temporal parece apoyar mi opinión, personal e intransferible, de que
la vida finalmente se basa en la búsqueda de un sitio, de una oportunidad, de
una posición. Ir subiendo escalones, recorriendo senderos llenos de cruces de
caminos, hasta encontrar nuestro puesto. El puesto que siempre hemos soñado.
Llego ante el portal de mi casa, y me encuentro a mí misma ante la puerta con
la llave en la mano. No puedo evitar hacerme preguntas.
¿Es éste mi lugar en la vida?
¿Éste es el puesto que me corresponde?
Mi imagen reflejada en el cristal de la puerta, tamizada en un halo de luz
y sombra, es la que irremediablemente me da la respuesta.
No, de ningún modo.
He llegado a casa, pero sé muy bien que aún no he encontrado mi sitio en la
vida. Y aún sigo buscándolo en cada rostro, en cada ventana, en cada árbol
naciente y cada cielo de cada día de mi vida, esperando encontrarlo en
cualquier momento, en cualquier lugar, en algún recodo de un cruce de caminos
que de sentido a mi propio destino.
Sí, lo sé.
Es difícil encontrar tu lugar en la vida. Sí, muy difícil.
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