No, no cualquier tiempo pasado fue mejor.
Mi memoria me susurra al oído recuerdos que preferiría tener olvidados, y
que me han traído hasta aquí, hasta este preciso instante. Ella, y sólo ella,
funciona de relator implacable, describiendo con voz clara y segura hasta el
más mínimo detalle de las luces y sombras de mi pasado. Es capaz de mostrarme
incluso lo que nunca creí recordar, pero que también forma parte de mi
historia.
De su historia.
De nuestra historia.
Pasa y siéntate. Quizás encuentres, tras el desastre, alguna silla que haya
quedado en pie después de recolocar toda mi vida una vez más. Quédate y escucha
esta historia, por si acaso te sirve de algo la experiencia, aunque bien sé que
nadie escarmienta en cabeza ajena.
Lo sé. Yo tampoco lo hice.
A lo largo de estos años, he escuchado muchas historias parecidas que
hablaban de errores y decepciones, y nunca creí que ninguna pudiera llegar a
convertirse en realidad para mí.
“Eso son cosas que sólo les pasan a
los demás”, me decía convencida
de mis argumentos, segura de nunca fallar.
Miraba incluso con indulgencia a quienes relataban sus vivencias, llegando
a pensar que quizás las exageraban con el fin de inspirar una mayor pena. Sólo
después supe cuánto me equivocaba. En eso, y en otras muchas cosas que aún debían
de ocurrirme a lo largo del camino de la vida.
Le conocí cuando menos lo necesitaba. En ese preciso instante en el que ya
lo tienes todo y no precisas de nada más en la vida. Lo tomé como un extra del
destino, que quería recompensarme por alguna buena obra que hubiera hecho, o
que simplemente me ponía en mi camino para ser más feliz. Creí que había caído
del cielo, creado especialmente por el Universo para mí. Sólo así puede
explicarse que, pese a las continuas decepciones a las que me enfrentaba día a
día, me convenciera a mí misma de que conocerle había sido algo bueno.
Perdonaba los desplantes, justificaba las ausencias, obviaba los olvidos…
Transformé mi existencia hasta entonces llena de luz en una torre oscura a la
que sólo él tenía acceso. Y aún así, a pesar de todos mis intentos, tampoco
funcionó.
Un mal día (o bueno para él), abrió la puerta de par en par y se fue,
dejándome a solas con un almacén repleto de esperanzas truncadas y la
desilusión por bandera.
Ya no había nada más que perdonar, ni justificar, ni olvidar.
Su ausencia tenía ya tal magnitud que era imposible de salvar.
¿Salvar de qué?
¿Salvar de quién?
Pues sin duda, de mí misma.
Me quedé anclada en la oscuridad, incapaz de volver a mirar a la luz sin
sentir temor ante el futuro. Encerrada en mi torre oscura, inaccesible,
infranqueable. Insalvable una vez más.
Conozco esa mirada. Sí, esa que no crees que tengas ahora mismo al escuchar
mis palabras. Yo también alguna vez enarqué las cejas disimuladamente,
procurando no delatar mis pensamientos ante quien me contaba cosas parecidas.
Crees que podrás evitar una situación así, que tienes más información y más
medios para anticiparte a cualquier acontecimiento. Que serás más inteligente,
infinitamente más hábil. Que lograrás construir tu vida en la línea del
horizonte en la que se pone el sol, y ver brillar todos tus días con el
esplendor de los buenos recuerdos.
Pero fallarás.
Porque la luz de la felicidad te deslumbrará tanto que no serás capaz de
ver los ángulos muertos, las esquinas llenas de mentiras piadosas, los restos
de auto engaño con los que a todos nos gusta regalarnos.
No, no cualquier tiempo pasado fue mejor.
Pero tampoco peor que lo que pueda ser ahora su ausencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario